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It’s Called Soccer…

Foto del escritor: L. Alberto Fonseca Salgado
L. Alberto Fonseca Salgado
hace 7 minutos
7 min de lectura

D1EGO VS USA,  Collage, E. (2026)
D1EGO VS USA, Collage, E. (2026)



Armando Maradona [...] adelantó que [USA] impondría cuatro periodos de veinticinco minutos por motivos publicitarios, en lugar de los noventa reglamentarios. Aquella broma, lejos de quedar en el olvido, volvió a circular en redes sociales a lo largo del propio torneo.



En 2018, durante una charla con Víctor Hugo Morales en el programa De Zurda, Diego Armando Maradona, uno de los mejores futbolistas que ha dado la historia, respondió con gran ironía a una pregunta sobre lo que sería el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá 2026. Fiel a su estilo, el “Pelusa” (futbolista estrictamente de y para el pueblo) se burló abiertamente de la organización que tendría el torneo. Sobre Canadá no tuvo mucho que decir, pues se trata de un país cuyo deporte más popular es el hockey sobre hielo. De México opinó que, si bien resultaría el gran beneficiado por ser sede, una selección de mayor renombre terminaría por eliminarlo. Pero lo más agudo fue su señalamiento sobre el imperio estadounidense: adelantó que este impondría cuatro periodos de veinticinco minutos por motivos publicitarios, en lugar de los noventa reglamentarios. Aquella broma, lejos de quedar en el olvido, volvió a circular en redes sociales a lo largo del propio torneo.


Hoy, después de iniciado el torneo, cada una de esas palabras del “Diez” resuena con fuerza al revisar la organización y el desarrollo de este magno superevento deportivo, pues las tres ideas, en apariencia inocentes, del Diego se cumplieron de la manera más dolorosa posible.


De Canadá, la verdad, hay poco que mencionar: un país que nunca tuvo un ambiente futbolero genuino y que apenas destacó en labores de organización. Eso sí, probablemente tuvo la inauguración y el estadio más pobres de todo el superevento, al punto de que el recinto se encontraba a una cuarta parte de su capacidad durante la ceremonia inaugural (Excélsior, 2026). Del estadio como tal tampoco hay mucho más que argumentar: está bien estructurado y resulta normal, aunque un tanto extraño para un partido de esta magnitud, y se notó cierta improvisación en su construcción de cara al torneo.


Lamentablemente, México, el mejor de los tres países anfitriones en cuestiones de ambiente y cultura, quedó eliminado en los octavos de final ante una selección de mayor renombre. El partido, disputado en el Estadio Azteca, terminó en una dolorosa derrota por 2-3 frente a la selección de Inglaterra (CNN en Español, 2026). Fue un día duro y muy triste para cualquier mexicano, pues pasamos de la fiesta y la fiebre mundialista a la cruda realidad. Una vez más, Maradona acertaba con su predicción.

 

Y, finalmente, del imperio estadounidense, ¿qué otra cosa se puede decir?

 

Para empezar, hay que decir que Maradona, a pesar de todo, fue un férreo enemigo de estos dos imperios: el de la FIFA y el estadounidense. No tenía ningún reparo en defender, por ejemplo, a Fidel Castro y a Cuba, o en defender a los palestinos frente al genocida Estado de Israel, respaldado por el imperio estadounidense.


Sin pretender ahondar demasiado en el tema, desde que la globalización se extendió con el Mundial de Corea y Japón, el imperio estadounidense ha tenido el sueño de apropiarse del futbol. A pesar de sus propios “deportes”, siempre mantuvo la mirada puesta en el soccer: ya en los años setenta había llevado a figuras como Pelé y Eusebio a la entonces North American Soccer League, y en 1996, con el nacimiento de la Major League Soccer, sumó al ídolo mexicano de ese momento, Jorge Campos (Wikipedia, 2026b).




Pausa comercial, Collage, E. (2026)



Y es que el futbol tiene algo que ninguno de sus deportes o deportistas posee: se sostiene por sí mismo, sin necesidad de los grandes contratos, la publicidad y todo lo que las organizaciones deportivas estadounidenses requieren para mantenerse a flote.


Lamentablemente, como buen imperio, su expansión hacia el futbol, al igual que sus invasiones a otros territorios, necesitaba la más mínima excusa. La FIFA, con sede en Suiza, fungía como un organismo intocable hasta hace algunos años, pero cometió un error que hoy y mañana pagaremos muy caro.



El imperio necesitaba un topo dentro de la FIFA que velara por sus intereses, y el designado fue Gianni Infantino, quien rápidamente se alineó con ellos y dio pie a que buena parte de la organización del torneo se trasladara al territorio estadounidense.



Los presidentes de varias confederaciones quedaron implicados en un escándalo de corrupción sin precedentes. Para empezar, el propio Joseph Blatter, entonces cabeza de la FIFA, terminó involucrado tras confesar haber aceptado sobornos vinculados con la designación de sedes mundialistas: la de Sudáfrica, designada en 2004, y las de Rusia 2018 y Qatar 2022, decididas de forma simultánea el 2 de diciembre de 2010 (Milenio, 2026; Wikipedia, 2026a). Lo cierto es que el imperio estadounidense también se postuló para 2022, pero los electores no lo eligieron.


Esto hizo que el imperio estallara en ira, por lo que, de la nada, comenzó a investigar los casos de corrupción de otras confederaciones, como la CONCACAF, la UEFA y la CONMEBOL. Esta última fue la más señalada, pues nunca estuvo del todo vinculada con la FIFA, al menos no en el papel, y funcionaba casi como un invitado de lujo. La CONMEBOL, de hecho, mantenía sus instalaciones totalmente descentralizadas y se beneficiaba de un vacío legal que le permitía operar casi como si fuera un país independiente.


Las sospechas eran, entonces, inevitables. Fue así como el imperio estadounidense, a través del FBI, el Departamento de Justicia y otras agencias, “destapó” el caso conocido mediáticamente como FIFAGATE. El 27 de mayo de 2015 detuvieron a más de cuarenta implicados, entre ellos presidentes de distintas confederaciones. O, al menos, eso es lo que el imperio siempre quiere hacernos creer: que son los buenos, la policía del mundo, un régimen totalmente justo, el único lugar donde se hace justicia.


Quizá sea una casualidad, pero a partir de entonces, curiosamente, muchos equipos de élite europea, como el Real Madrid, el Bayern Múnich o el Manchester United, comenzaron a realizar giras de verano por aquel país. Tal vez sea obra del destino, pero en los últimos años se han disputado ahí dos Copas América, competencia exclusiva de selecciones sudamericanas, un Mundial de Clubes ampliado y, ahora, este Mundial. A esto se suma la Copa Oro, donde casi siempre terminan enfrentándose las selecciones de Estados Unidos y México. Todo esto en aras del negocio.


En este punto vale la pena recuperar la crítica del entonces director técnico de la selección de Uruguay, Marcelo Bielsa, sobre la Copa América 2024 organizada en aquel país. Entre lo más destacado de su reflexión está la censura impuesta a quienes quisieran quejarse del país anfitrión, de los campos de entrenamiento o de la organización: prácticamente nadie podía hablar. Bielsa mencionó a otros jugadores y técnicos que sufrieron esa misma censura, y remató con una frase que llamó la atención: sostuvo que Estados Unidos había creado el FIFAGATE en el momento en que sintió amenazados sus intereses, y volvió sobre esa idea varias veces a lo largo de la conferencia (El Tiempo, 2024).

 

Los intereses del imperio estadounidense por encima de lo futbolístico.

 

Esto nos regresa a la aterradora predicción de Maradona sobre los cuatro tiempos de veinticinco minutos. El imperio necesitaba un topo dentro de la FIFA que velara por sus intereses, y el designado fue Gianni Infantino, quien rápidamente se alineó con ellos y dio pie a que buena parte de la organización del torneo se trasladara al territorio estadounidense, al punto de abrir la primera oficina de la FIFA fuera de Suiza dentro de la Trump Tower, en la ciudad de Nueva York (CBS News, 2025).




Este Mundial se siente demasiado artificial, demasiado alejado de la cancha; tal vez por los enormes estadios, poco adecuados para disfrutar de este juego, o por el exceso de publicidad.

 



Estos cuatro tiempos, disfrazados de pausas de hidratación, han dado pie a todo lo que está mal en el futbol actual. El Mundial, por sí solo, ya es estratosféricamente rentable; pero gracias a esas pausas cargadas de publicidad, los derechos de transmisión que adquirió FOX han rendido el doble de lo invertido. Y no es solo eso: las presentaciones de los partidos resultan demasiado “americanas”. Todo debe ser en grande y espectacular: un artista invitado entrega los balones de inicio, se presentan banderas gigantes de los países participantes y las alineaciones completas se forman al centro del campo, como si se tratara de beisbol.




 El color de la FIFA, Collage, E. (2026)




Infantino le ha dado demasiado al negocio y casi nada al espectador. A la gente que tenía la ilusión de asistir a un estadio la dejó fuera, con boletos impagables y con un sistema de reventa que, por supuesto, también administra la propia FIFA.


Este Mundial se siente demasiado artificial, demasiado alejado de la cancha; tal vez por los enormes estadios, poco adecuados para disfrutar de este juego, o por el exceso de publicidad. Que no nos sorprenda, entonces, que en un giro dramático de los acontecimientos el imperio termine por adueñarse de nuestro deporte favorito y que, peor aún, pase a llamarse oficialmente “soccer”.




BIBLIOGRAFÍA





L. Alberto Fonseca Salgado es ingeniero en Alimentos y Pasante de Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Cursó el Diplomado en Literatura y Creación Literaria en el Universitario Bauhaus y los diplomados de Psicoanálisis y Cine en la Universidad de Londres.




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