¿A QUIÉN LE PERTENECE LA CANCHA?


CANCHA, Collage, E. (2026)
Desde antes de que comenzara el Mundial se hizo evidente una verdad bastante incómoda: no era para todo el mundo.
Pues el Mundial de fútbol terminó y, para sorpresa de pocos, estuvo repleto de polémicas y contradicciones más que evidentes. Hay quienes dicen que fue el Mundial más escandaloso de la historia (al menos hasta ahora), afirmación para nada descabellada: por donde se mire, aparecen los sinsentidos que acompañaron al torneo en las tres sedes elegidas, pero principalmente en nuestro país y en el vecino del norte, sobre el cual todo el mundo tenía los ojos fijos, a la espera del nuevo disparate que se le ocurriera.
Desde antes de que comenzara el Mundial se hizo evidente una verdad bastante incómoda: no era para todo el mundo. Por un lado, estaba el aspecto más obvio: el mundo no se encontraba en condiciones óptimas para celebrarlo. Después del genocidio del pueblo palestino, del ascenso de las extremas derechas en distintas partes del mundo y de la guerra de Estados Unidos contra Irán (cuya selección clasificó al Mundial y recibió un trato grosero por parte de ese decadente país anfitrión), entre tantas otras cosas que podría mencionar para dejar claro lo tenso que está el ambiente mundial, lo que menos se esperaba era "celebrar" un Mundial. Sin embargo, ya pasó, y sin duda la mayor culpable es la FIFA, esa maldita empresa que secuestró un deporte del pueblo para convertirlo en mercancía y espectáculo. En este breve texto intentaré responder a la pregunta del título mediante una crítica a la manera en que la FIFA maneja el fútbol y una reflexión sobre las alternativas para reapropiarnos no sólo del deporte, sino de las cosas en general.
A pesar de que la FIFA se presenta (y nunca mejor dicho) como una asociación sin fines de lucro, conviene distinguir su condición jurídica del negocio que organiza alrededor del fútbol: no repartir utilidades entre accionistas no significa que el torneo quede fuera de las relaciones comerciales. Los beneficios pueden ser tanto económicos como políticos. En el primer caso, están los ingresos que le genera organizar un Mundial. La FIFA sostiene que destina sus ingresos al desarrollo del deporte. Sin embargo, esa declaración no resuelve quién controla los recursos, qué actividades financia ni quiénes se benefician de los contratos comerciales que rodean al torneo. En el segundo caso, está el lavado de imagen que la FIFA ha llevado a cabo, y sigue llevando a cabo, de diversas maneras, en favor de personajes verdaderamente deleznables, así como las consecuencias políticas de albergar una competencia de este calibre, principalmente en los países históricamente menos favorecidos. Desde servir de tapadera a la dictadura de Videla en Argentina y a la de Mussolini en Italia hasta inventarse un "Premio FIFA de la Paz" que, según la propia organización, reconoce a quienes realizan contribuciones extraordinarias para promover la paz y la unidad global. No sé qué otra sarta de sandeces se sacaron de la manga para justificar su evidente devoción hacia el decadente imperio estadounidense (porque todos sabemos a quién le dieron dicho premio).

BLOODBOOL, Collage, E. (2026)
Basta con investigar qué ocurrió durante esos torneos bajo las dictaduras mencionadas, qué ha sido de los estadios construidos específicamente para los mundiales en países que tuvieron el "privilegio" de ser sede o qué consecuencias sociales enfrentaron esos mismos países después del evento. Estos casos permiten preguntarnos quién obtiene los beneficios del torneo y quién asume sus costos políticos, sociales y materiales.
Más allá del destino formal de sus ingresos, la FIFA articula una red de intereses comerciales y estatales que obtiene beneficios del deporte. Claramente, no cumple esa función por santa voluntad: de algún modo también obtiene beneficios para sostenerse, y vaya que lo hace. Su actuación, por tanto, debe juzgarse también por las consecuencias de esos acuerdos y por la distribución desigual de sus beneficios.
El Mundial pretende proyectar una apariencia que oculte los problemas políticos de los países sede y las condiciones reales de vida de su población. Se presenta como un momento en el que todos los países del mundo están de fiesta, celebrando y unidos felizmente a través del deporte.
Al convertir el fútbol en mercancía, la FIFA también lo convierte en espectáculo. Esto resulta evidente: ver un partido a través de una pantalla, ya sea en casa o en un fan fest, no es vivir propiamente el Mundial; no es ir al estadio y presenciar el partido en tiempo real, sino acceder a una representación. Pero, en materia deportiva, el espectáculo se manifiesta principalmente en decisiones como la modificación del ritmo del juego: en lugar de dos tiempos de 45 minutos sin interrupciones programadas, ahora hay cuatro tramos de poco más de 20 minutos, separados por dos pausas de hidratación. Antes, estas pausas ocurrían sólo en situaciones específicas; ahora ofrecen el pretexto perfecto para bombardear las transmisiones televisivas con aún más publicidad (he ahí otra muestra del espectáculo). A ello se suman decisiones arbitrales polémicas que alimentan la desconfianza de parte de la afición. Pero una decisión discutible no demuestra, por sí sola, que un partido haya sido amañado: una acusación así exigiría pruebas concretas. Ambas situaciones —la modificación del ritmo del juego y las decisiones arbitrales cuestionables— muestran cómo se construye el espectáculo: no se trata de acontecimientos inevitables, sino de intervenciones que contribuyen a fabricar una realidad aparte, una apariencia falsa.
En este sentido, el Mundial pretende proyectar una apariencia que oculte los problemas políticos de los países sede y las condiciones reales de vida de su población. Se presenta como un momento en el que todos los países del mundo están de fiesta, celebrando y unidos felizmente a través del deporte. Por suerte, las cortinas de la FIFA no son lo suficientemente extensas para cubrir todos los sinsentidos que se asoman por las ventanas de esta competencia cada cuatro años: cualquiera que se haya informado un poco conoce los escándalos mencionados y muchos otros.
Al convertirse en mercancía, el Mundial queda sujeto a condiciones de acceso que excluyen a buena parte de la población. Esto se hace evidente en los precios exorbitantes de los boletos y en ridiculeces como intentar cobrar el acceso a los fan fests (algo que ocurrió en Estados Unidos). Si alguien quería disfrutar de los partidos, de una u otra manera tenía que pagar por ello.
Ante la pregunta "¿Cómo ver un partido del Mundial sin ir al estadio ni contratar alguna de las señales televisivas que transmiten todos los encuentros?", las opciones son pocas. Posiblemente, lo más sencillo sería ir a un bar, a un restaurante o directamente a algún fan fest (con suerte, uno que no esté privatizado). Pero tampoco todas las personas disponen del mismo tiempo libre para ver los partidos. Las razones son diversas, aunque una destaca: si hay algo que actualmente le falta a la clase trabajadora, es tiempo para sí misma. Sí, supongo que algunos empleadores, entre los muchos que hay, pueden mostrarse «condescendientes» con sus trabajadores y concederles un poco de tiempo para «disfrutar de la fiesta mundialista». Aun así, como mencioné antes, ver el Mundial por una pantalla no equivale a presenciar un partido en el estadio: son experiencias completamente distintas. En ese sentido, el número de personas con posibilidades materiales de asistir a múltiples encuentros es ciertamente reducido. Se necesitarían ingresos millonarios para cubrir los gastos que implica seguir a una selección que juega en ciudades dispersas a lo largo de tres países. José Revueltas lo resume muy bien: "El ser social que no participa de la riqueza está obligado, en todos los tipos de sociedad enajenada, a vivir en las condiciones de un hábitat infrahumano, determinación de ningún modo voluntaria" (Revueltas, 1986, p. 36). Con esta frase, Revueltas nos recuerda los efectos de la lucha de clases. La recupero porque el Mundial es una muestra más de esa lucha todavía vigente: mientras un puñado de personas celebra y disfruta de la fiesta mundialista, el resto de nosotros sigue con su vida de explotación y miseria, por no mencionar aquellos lugares a los que ni siquiera llega la transmisión de un partido.
Bajo este panorama, podemos preguntarnos concretamente: ¿quiénes pueden disfrutar plenamente de lo que implica un Mundial? ¿Quiénes están realmente invitados a unirse a la fiesta y celebrar con el resto del mundo? En resumidas cuentas, quienes pueden disfrutar del torneo y de todo lo que idealmente implica son personas con mayores posibilidades de participar de la riqueza social. Esa posición les permite llevar una existencia apartada, en ocasiones ajena a la dimensión política de lo cotidiano e incluso sin conciencia de su propio lugar en esas relaciones, lo que contribuye a su alienación. Son las personas más privilegiadas quienes pueden permitirse disfrutar plenamente de un Mundial, pues, en muchos casos, sus condiciones de vida les permiten desentenderse de lo que ocurre fuera de su burbuja. Los demás tenemos que resignarnos.
Podemos comprar una entrada o una camiseta sin tener por ello capacidad de decidir sobre los precios, la organización del torneo o el destino de sus ingresos. Ahí reside una diferencia importante entre acceder al consumo y controlar las condiciones de producción.
Una vez que hemos dejado claro que el Mundial sólo le pertenece a un puñado de personas y que los demás tenemos que arreglárnoslas como podamos para medio "disfrutar" de esta "fiesta", la pregunta inicial, ¿A quién le pertenece la cancha?, adquiere un alcance mayor: ¿a quién le pertenecen las cosas que forman parte de nuestra vida cotidiana, los bienes, los servicios, los productos, las experiencias y los eventos? ¿Quiénes pueden producirlos y disponer de ellos? ¿Qué significa poseer algo y qué diferencia hay entre consumirlo y decidir sobre su producción y distribución?

DEPORT-SHOW, Collage, E. (2026)
La compra nos permite poseer y utilizar determinados bienes, pero esa propiedad personal no equivale al control del capital ni de los medios con los que se producen y distribuyen las mercancías. Podemos comprar una entrada o una camiseta sin tener por ello capacidad de decidir sobre los precios, la organización del torneo o el destino de sus ingresos. Ahí reside una diferencia importante entre acceder al consumo y controlar las condiciones de producción. ¿Y si esto no fuera así? ¿Cómo sería nuestra relación con las cosas? Si viviéramos en esas sociedades utópicas que las grandes mentes del pasado imaginaron, donde la explotación laboral fuera sólo un recuerdo y todos gozáramos de las mismas oportunidades de participar de la riqueza para desarrollar nuestro potencial humano, ¿cómo entenderíamos la pertenencia? Me resulta imposible responder esa pregunta. Lo que sí podemos vislumbrar es que, por cada cosa de la que disponemos (dentro de nuestras propias limitaciones materiales, claramente), hay miles o millones de personas en el mundo que no pueden acceder a ella. Si tengo tres pares de zapatos, hay personas que no tienen ni uno; si dispongo de agua potable, hay quienes sólo tienen acceso a agua tan contaminada que puede poner en peligro su vida. Al preguntarnos por qué ocurren estas situaciones tan lamentables, las respuestas convencionales dejan de ser suficientes. Toda esta desigualdad, desde no tener qué comer hasta no poder asistir a un Mundial en tu propio país, tiene, desde la perspectiva de este escrito, un origen estructural: el capitalismo tardío.
Con el Mundial resulta más fácil advertir que vivimos en un mundo regido por un sistema profundamente desigual, en el que algunas personas pueden participar en mayor medida de la riqueza social mientras otras quedan abandonadas a su suerte en condiciones infrahumanas. Preguntarnos por qué ocurre esto es relativamente sencillo; lo verdaderamente difícil es pensar cómo solucionarlo y qué acciones podemos emprender para reapropiarnos de las cosas. Este texto tiene, ciertamente, sus límites en ese aspecto: dar una respuesta ahora no es tarea sencilla. Sin embargo, estoy seguro de que, mientras más personas se preocupen por develar el origen de las desigualdades actuales, más posibilidades tendremos de encontrar soluciones y transformar nuestra relación de propiedad con las cosas. Por ahora, nos queda prestar atención a los ámbitos de la vida en los que se manifiestan esas desigualdades y reconocer su relación con la lucha de clases. Esa lucha no terminará mientras no podamos participar de la riqueza social en condiciones de igualdad, mientras no tengamos garantizada una vida digna y las condiciones necesarias para desarrollar todo nuestro potencial humano, en el mejor sentido de la palabra. Mientras tanto, debemos seguir buscando maneras de reapropiarnos de las cosas y garantizar mejores condiciones de vida.
BIBLIOGRAFÍA
Revueltas, J. (1986). Dialéctica de la conciencia. México: Era.
Alejandro Hernández Celis es estudiante de filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Nació en 2005 en la Ciudad de México y pasó gran parte de mi vida viviendo en el Estado de México, hasta que entró a la ENP 7 "Ezequiel A. Chávez", lugar donde descubrió que quería estudiar filosofía. Tiempo después, ingresço a la FFyL y ahora se interesa principalmente por cuestiones de filosofía política, del lenguaje, de la historia y ética.




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