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IRÁN: LAS IZQUIERDAS AL FILO DEL SHAMSIR

  • Foto del escritor: Erick G. Ramos
    Erick G. Ramos
  • hace 3 días
  • 8 Min. de lectura

WAR&IRAN, Collage, E. (2026)


Y combatan por la causa de Allah a quienes los agredan,

pero no se excedan, porque Allah no ama a los agresores.

Surah Al-Baqarah 2:190




El problema no es Irán en sí mismo, sino que nos devuelve, como un espejo roto, la imagen de nuestras propias contradicciones no resueltas.




Las izquierdas occidentales enfrentamos un severo problema para asumir un posicionamiento claro respecto al papel de Irán en la lucha contra el sionismo y el imperialismo norteamericano en la actual reconfiguración geopolítica de Asia Occidental. Pero el problema no es Irán en sí mismo, sino que nos devuelve, como un espejo roto, la imagen de nuestras propias contradicciones no resueltas. Nos obliga a reconocer los límites de nuestras categorías, la fragilidad de nuestros reflejos políticos y la incomodidad que sentimos cuando la realidad no encaja en los marcos morales a los que estamos acostumbrados. En lugar de sostener esa mirada incómoda y repensarnos a la altura de la complejidad histórica, solemos refugiarnos en un “antiimperialismo desde abajo” abstracto que, en los momentos decisivos, nos permite no tomar partido por temor a mancharnos con la densidad contradictoria de lo real. Convertimos la prudencia en coartada, la complejidad en excusa y la duda en parálisis.


Mientras tanto, en Teherán, Isfahán, Shiraz o Mashhad no se vive en el plano de las categorías abstractas. El pueblo iraní enfrenta simultáneamente tensiones internas profundas y agresiones externas persistentes. Las primeras derivan de problemas estructurales del régimen y de crisis económicas agravadas por una mala gestión y corrupción. Las segundas se expresan en sanciones devastadoras, aislamiento financiero, operaciones encubiertas, amenazas militares y ataques directos que buscan debilitar al Estado iraní. Por lo tanto, no podemos seguir leyendo la geopolítica como una narrativa moral simplificada, donde los buenos concentran toda virtud y los malos encarnan todo aquello que decimos combatir. Esa simplificación puede facilitar consignas y movilizaciones, pero no explica el mundo ni orienta una praxis transformadora capaz de intervenir en él con eficacia.


Para salir de esta parálisis debemos asumir un hecho elemental sin eufemismos: Irán no es un país de izquierdas. No es socialista, ni progresista en el sentido clásico. Es una república islámica cuya legitimidad se funda en el principio del velayat-e faqih, la tutela del jurista islámico formulada por Ruhollah Jomeini y convertida en columna vertebral del sistema político tras la revolución de 1979. Este principio establece que, en ausencia del Imán Oculto, corresponde a un jurista islámico ejercer la máxima autoridad política y religiosa. El resultado es un sistema híbrido que combina instituciones electivas, como la presidencia y el parlamento, con una autoridad clerical suprema situada por encima de los demás poderes del Estado.




En nombre del laicismo, de la crítica a la religión como forma de dominación o de la defensa de los derechos de las mujeres, se desliza a veces una esencialización del islam como entidad monolítica y reaccionaria.



En la práctica, el Líder Supremo concentra amplias atribuciones sobre las fuerzas armadas, el poder judicial, los medios estatales y los principales órganos de seguridad. El Consejo de Guardianes filtra candidaturas y revisa la compatibilidad de las leyes con la interpretación oficial del islam, limitando el margen de competencia política. Con el paso de las décadas, el régimen ha tendido a cerrarse y a apoyarse cada vez más en estructuras como la Guardia Revolucionaria para garantizar su estabilidad. La participación electoral ha disminuido, el descontento social ha crecido y se han sucedido ciclos de protesta que evidencian tensiones profundas entre sectores de la sociedad y el aparato estatal. Ignorar estas realidades sería un ejercicio de negación incompatible con cualquier análisis honesto.


No obstante, reconocer estas condiciones y prácticas no equivale a suscribir la caricatura occidental que reduce Irán a una anomalía irracional o a una teocracia medieval incapaz de evolución. Ese dispositivo orientalista, que opone un Occidente racional y moderno a un Oriente atrasado y fanático, no opera únicamente desde las derechas; también atraviesa a sectores de izquierdas que se consideran inmunes a él. En nombre del laicismo, de la crítica a la religión como forma de dominación o de la defensa de los derechos de las mujeres, se desliza a veces una esencialización del islam como entidad monolítica y reaccionaria. Bajo una crítica a la teocracia puede aparecer una forma de islamofobia de izquierdas que niega agencia política a las sociedades musulmanas, reduce su complejidad histórica y desconoce las múltiples corrientes y debates internos que las atraviesan.


A esto se suma otra dificultad aún más incómoda. Nos cuesta admitir que movimientos nacidos de demandas justas pueden ser instrumentalizados por potencias externas sin que esto deslegitime automáticamente a quienes participan en ellos. La historia contemporánea ofrece ejemplos de procesos en los que contradicciones reales, surgidas de crisis económicas, desgaste político o reclamos democráticos, fueron aprovechadas por actores hegemónicos para reconfigurar equilibrios regionales en función de sus propios intereses. En distintos contextos de Europa del Este, África, Asia y de América Latina, demandas legítimas terminaron abriendo paso a restauraciones oligárquicas, fragmentaciones estatales o reinsertaciones subordinadas en el mercado global. Reconocer este patrón no implica descalificar las luchas populares ni convertir toda protesta en conspiración, sino entender que la correlación de fuerzas internacional condiciona los desenlaces posibles y, a veces, los intereses imperialistas se cuelan y empujan “desde abajo”. 




Irán, la contradicción, Collage, E. (2026)



Por eso, la cuestión para las izquierdas no es si muchas demandas del pueblo en Irán son legítimas, porque lo son, sino qué horizonte político se abriría en un escenario de colapso estatal, intervención externa o cambio de régimen inducido. ¿Se ampliaría efectivamente la soberanía popular o se consolidaría una nueva forma de dependencia? ¿Se fortalecerían derechos sociales y económicos o se impondría una agenda de liberalización acelerada bajo tutela extranjera? Una política responsable no puede limitarse a amplificar consignas sin interrogar el contexto geopolítico en el que éstas circulan, se financian y se proyectan. De lo contrario, oscilamos entre la ingenuidad estratégica y una forma involuntaria de funcionalidad respecto de agendas que no buscan emancipación, sino reordenamiento hegemónico.




Irán, [...], descoloca nuestras categorías y nuestros automatismos. Es objeto de agresiones externas, sanciones y amenazas militares, pero también es un Estado con capacidad militar propia y con influencia regional.



Aquí aparece el núcleo del problema político y moral que nos interpela. Irán no encaja en el molde de la “víctima perfecta” que facilita nuestra solidaridad inmediata. Lamentablemente, Palestina sí lo hace: un pueblo bajo ocupación prolongada, una asimetría militar evidente, un relato de desposesión con víctimas y verdugos claramente identificables. Esa nitidez moral simplifica la toma de posición y permite una movilización amplia con menor fricción interna. En el caso palestino, la contradicción principal se percibe de manera casi unívoca.


Irán, en cambio, descoloca nuestras categorías y nuestros automatismos. Es objeto de agresiones externas, sanciones y amenazas militares, pero también es un Estado con capacidad militar propia y con influencia regional. Apoyarlo frente a una agresión implica sostener una posición compleja: oponernos a la intervención imperial y al expansionismo israelí sin idealizar su orden político ni ignorar sus problemas estructurales. Esa tensión exige pensamiento crítico, una capacidad para sostener simultáneamente dos niveles de análisis sin reducir uno al otro, pero a sabiendas de cuál es el más relevante en la coyuntura.


El resultado de nuestra dificultad para habitar esa tensión suele ser el silencio, la ambigüedad calculada o la doble vara. Denunciamos violaciones de derechos en Irán, pero vacilamos al condenar ataques externos contra su soberanía. Nos movilizamos masivamente por Gaza, pero titubeamos cuando se bombardea territorio iraní o cuando se imponen sanciones que golpean a la población civil. Así, nuestra solidaridad corre el riesgo de volverse selectiva y dependiente de la “pureza moral” del sujeto oprimido, en lugar de basarse en una lectura material de la correlación de fuerzas y de la contradicción principal en cada coyuntura histórica.


Sin embargo, la tradición de izquierdas, en sus momentos más lúcidos, supo distinguir entre la naturaleza interna de un régimen y su papel en la disputa global. Comprendió que en conflictos de carácter antiimperialista los aliados raramente son ejemplares desde el punto de vista normativo. Se puede ser crítico con la estructura teocrática iraní y al mismo tiempo reconocer que en la coyuntura actual actúa como un obstáculo relevante a la hegemonía estadounidense y al expansionismo israelí en la región. Sostener ambas afirmaciones de manera simultánea no es incoherencia, es una exigencia de análisis concreto de la situación.


Cuando las bombas caen y las sanciones asfixian, la equidistancia deja de ser prudencia y se convierte en evasión. Defender al pueblo iraní frente a una agresión externa supone reconocer el derecho de Irán a la defensa armada ante ataques que vulneran su soberanía y su integridad territorial. La política no se ejerce en el vacío ni en el terreno de las declaraciones bienintencionadas; exige identificar con claridad quién agrede, quién resiste y qué se juega en cada coyuntura, y actuar en consecuencia, aun cuando ello nos obligue a asumir costos e incomodidades.




Si las izquierdas no somos capaces de sostener posiciones complejas, de cuestionar los rasgos autoritarios de un régimen sin por ello legitimar su demolición desde fuera, corremos el riesgo de convertir nuestra coherencia ética en una cómoda coartada.



Con frecuencia, para las izquierdas resulta más cómodo refugiarnos en consignas amplias y moralmente impecables: “estamos contra la guerra”, “contra los señores de la guerra” y “con los pueblos”. Ese refugio, que en otros momentos apostó por construir espacios propios lejos del Estado y de sus lógicas, pudo aportar una ética de dignidad y coherencia. Pero también mostró sus límites cuando el repliegue se volvió norma y la distancia frente a las disputas de poder terminó convirtiéndose en aislamiento. Levantar comunidades aparte puede ser una forma de resistencia para algunos; convertir esa experiencia en receta universal deja a quienes la sostienen sin capacidad de incidir cuando el conflicto escala y se decide en otros terrenos.


Hoy el pueblo iraní y su Estado están inmersos en una lucha real que condiciona su supervivencia como comunidad soberana. Una derrota no implicaría simplemente la alternancia gubernamental, sino la posibilidad de desarticulación territorial, sometimiento estratégico o pérdida sustantiva de capacidad de decisión frente a potencias que han demostrado su disposición a rediseñar regiones enteras según sus intereses. Que una eventual victoria no desemboque en un proyecto emancipador de izquierdas no altera el hecho de que, en el escenario actual, su resistencia frente a la agresión externa cumple un papel decisivo.




Enemigo común, Collage, E. (2026)




Los tiempos que se anuncian son de guerra prolongada, de reacomodos estratégicos y de bloques en tensión creciente. El orden internacional atraviesa una fase de recomposición marcada por disputas por recursos, rutas comerciales y esferas de influencia. En ese contexto, refugiarnos en la pureza moral será tentador porque simplifica el panorama y preserva nuestra coherencia subjetiva. Pero la pureza, cuando hay vidas en juego y proyectos de dominación en marcha, no es virtud política, es una forma de renuncia.


Si las izquierdas no somos capaces de sostener posiciones complejas, de cuestionar los rasgos autoritarios de un régimen sin por ello legitimar su demolición desde fuera, corremos el riesgo de convertir nuestra coherencia ética en una cómoda coartada. Y esto puede traducirse, en los hechos, en una pasividad funcional frente a dinámicas de poder que decimos combatir. La historia no absuelve a quienes, en nombre de una neutralidad impecable, eludieron reconocer qué estaba realmente en juego y qué toma de posición exigía su tiempo.




Erick G. Ramos, coordinador general del Centro de Documentación y Difusión de Filosofía Crítica (CDyDFC) y editor de la Revista Filos Crítica. Clasicista y bibliotecólogo de formación académica.









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