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¿CLASICISMO O BARBARIE?

  • Foto del escritor: Erick G. Ramos
    Erick G. Ramos
  • hace 1 día
  • 10 Min. de lectura

  Orph, Collage, E. (2026)
Orph, Collage, E. (2026)

Ser filólogo es enseñar a leer despacio. 

Al final, también aprendí a escribir despacio. 

F. Nietzsche





Leer, pensar y estudiar a los clásicos desde fuera de Europa puede generar una doble experiencia: por un lado, la sensación de lejanía y desconexión; por otro, la frescura que surge de no cargar con el peso de una supuesta herencia cultural directa.




Hace unos meses leí Posclasicismos, obra grupal del colectivo homónimo, la cual me condujo a una serie de dudas y reflexiones críticas. En este libro, el colectivo propone repensar y problematizar el estudio de los clásicos, subrayando tanto sus implicaciones en el presente como las posibilidades de reformulación de sus marcos teóricos y metodológicos, siempre desde una voz plural y femenina. Para comenzar, en la introducción, cuando abordan el Valor, abren con una pregunta que también será la columna vertebral de este escrito: “¿Cuál es el valor de estudiar la Antigüedad clásica?” (Colectivo Posclasicismos, 2023, p.40), a lo que me interesa sumar: ¿aún tienen sentido los clásicos en las sociedades contemporáneas? Más aún, ¿en México?


         De tal forma que, cuando hable de clásicos, al menos en este texto, referiré exclusivamente a la literatura y pensamiento grecolatinos, con propósito excluyente de todas las demás obras literarias de la humanidad que se nombran o entienden como “clásicas”, ya sea delimitadas por una región geográfica, una corriente literaria o una época. Dicho de otro modo: nos concentraremos en aquello que la cultura occidental, desde el Renacimiento hasta nuestros días, ha erigido como paradigma de lo clásico. 


         Dicho lo cual se plantea que leer, pensar y estudiar a los clásicos desde fuera de Europa puede generar una doble experiencia: por un lado, la sensación de lejanía y desconexión; por otro, la frescura que surge de no cargar con el peso de una supuesta herencia cultural directa. Ya que, si bien, desde nuestra posición pareciera que habitamos un tiempo y un lugar aparte y no somos sus “descendientes”, tampoco somos completos extraños. Compartimos con ellos la humanidad que encierra el mundo clásico, y a la vez ese universo nos atraviesa. No obstante, nuestra relación con él no es la del anfitrión que recibe en su casa, sino la del huésped que se reconoce invitado y que, por ello, asume una responsabilidad distinta frente a ese legado.


Grecia y Roma no son sólo ideas: son también historicidad y materialidad; constituyen una realidad susceptible de ser analizada, interpretada y puesta en cuestión. A diferencia del contexto “erudito” decimonónico, cuya herencia parece que todavía arrastramos en la academia mexicana, hoy nos encontramos ante un clasicismo que quizá reclama lecturas más diversas y profundas en un tiempo particularmente convulso. Pero ¿qué significa realmente esto?

          La primera problemática a la que podemos enfrentarnos es la negación tajante de nuestra tradición, sin duda marcada por el eurocentrismo y la herencia colonial, en nombre de una ruptura que promete unos estudios clásicos más abiertos a la interdisciplina y más flexibles en sus métodos de análisis. Sin embargo, también debemos hacer un ejercicio de honestidad y preguntarnos: ¿esto realmente acercará los estudios clásicos al mundo contemporáneo o, más bien, estaremos importando una culpa europea que volcamos en nuestros espacios académicos para imitar una versión más “progresista” que poco o nada dice de nosotros mismos?   


En este mismo tenor, los temas que la academia global contemporánea impulsa, en sintonía con el espíritu de época —como los estudios decoloniales, los feminismos o los estudios de género—, no siempre son aplicables ni están obligados a serlo en el ámbito de los estudios clásicos. De lo contrario, se corre el riesgo de forzar problemas con escasa o nula compatibilidad en un intento por suavizar el tono de los textos para los oídos actuales. El resultado suele ser anacronismos e interpretaciones ad hoc que dejan fuera del ejercicio filológico e histórico.


Por su parte, si bien la exégesis de un texto clásico, por su carácter fragmentario y por su permanente reconstrucción, es necesariamente plural y transmite la sensación de no estar nunca cerrada, ello no significa que se trate de materiales maleables hasta el punto de ajustarlos únicamente a las inquietudes del presente. Hacerlo implicaría ignorar las múltiples formas en que el pasado deja sus marcas, aun cuando éstas desentonen con nuestros deseos de época. No obstante, esto no significa que debamos quedar anclados en el ensueño romántico y decimonónico de los estudios clásicos. Esa postura nos conduce a una segunda problemática: el estancamiento de la disciplina, sostenido en la idea de una supuesta objetividad fundada en habilidades inmutables, transmitidas de “maestros consagrados” a “iniciados”, como si unos y otros portaran un don de atemporalidad. En palabras del Colectivo Posclasicismos:


Ningún clasicista en la actualidad es una copia al carbón del estudioso decimonónico. Pero el ideal del rigor metodológico, apuntalado en una amplia gama de habilidades técnicas y competencias lingüísticas, y aunado a una erudición vasta, es todavía un elemento fundamental de la identidad disciplinaria del clasicista en los Estados Unidos y Europa (2023, p. 83).


Si en esos contextos nadie logra ser esa copia al carbón, quienes cultivan los estudios clásicos en México tampoco tendrían por qué exigirlo. Sin embargo, pareciera que a menudo se aferran a ese modelo, incluso cuando ello conduce a una idealización del quehacer del clasicista que termina por enajenar a quienes lo practican y por dificultar la exploración de otras formas de interpretación, sin que esto implique renunciar al rigor propio de la disciplina.




Al “actuar como guardianes o policías de la cultura [clásica]”, nos cerramos la posibilidad de comprenderla en relación con nuestras condiciones materiales, con nuestro presente, y de advertir cómo, desde allí, puede construirse un entendimiento consciente tanto de las potencialidades como de los límites que el mundo clásico ofrece.



En las últimas décadas, la tradición de los estudios clásicos en México —en especial la desarrollada en la Universidad Nacional Autónoma de México, dentro del Colegio de Letras Clásicas y, de manera más especializada, en el Instituto de Investigaciones Filológicas— ha arrojado resultados satisfactorios en lo que respecta a la preservación académica del saber antiguo. No obstante, ha evidenciado deficiencias importantes en su difusión y divulgación más allá de los espacios universitarios, en parte como consecuencia del anquilosamiento antes señalado.


De este modo, al “actuar como guardianes o policías de la cultura [clásica]” (p. 42), nos cerramos la posibilidad de comprenderla en relación con nuestras condiciones materiales, con nuestro presente, y de advertir cómo, desde allí, puede construirse un entendimiento consciente tanto de las potencialidades como de los límites que el mundo clásico ofrece a nuestra realidad inmediata. En consecuencia, desde ambas posturas se manifiesta un ensimismamiento por parte del clasicista; un “los clásicos son mis clásicos” que se sostiene, mayormente, en la convicción de ocupar la posición “correcta”. Ya sea desde un ímpetu apresurado que se reclama “progresista” o desde una obstinación conservadora que busca emular una idea de erudición propia de una época ya caduca.




GRK, Collage, E. (2026)




Empero, en el primer caso —aquel que busca subordinar la disciplina al espíritu de la época— se corre el riesgo de que, cuando ésta cambie —como de hecho está ocurriendo—, los estudios clásicos vuelvan a quedar sometidos a intereses hegemónicos y coloniales bajo la concepción de que son flexibles y adaptables. Un ejemplo de ello es el renovado entusiasmo de ciertos sectores de las nuevas derechas y de los promotores de la llamada “defensa de la masculinidad” por el estoicismo de Marco Aurelio y Séneca, cuya vulgarización resulta evidente en muchos de sus discursos. El segundo camino, por su parte, no deja de asemejarse a un monumento que se erosiona día con día y que, lejos de resguardar la tradición, termina por bloquear la vista hacia un paisaje en constante transformación.


Con todo, no considero que el panorama sea únicamente desalentador ni que, en consecuencia, estemos condenados a optar por una de estas dos vías. Para replantear la cuestión, retomo un concepto propuesto por T. S. Eliot en ¿Qué es un clásico?: el de madurez. Es, en sus propias palabras, “una palabra sobre la que podamos fincar nuestra definición y que sugiere al máximo lo que quiero decir con la frase un clásico” (p. 19).


No obstante, es necesario matizar algunos puntos. Para T. S. Eliot, un clásico universal sólo puede surgir cuando una civilización —y, por extensión, su lengua y su literatura— ha alcanzado un alto grado de madurez (p. 19). Aunque esta idea puede resultar seductora en términos generales, quienes se dedican a la historia, la lingüística o la literatura saben que otorgar tal jerarquía a una civilización, antigua o moderna, en comparación con otras conduce a equívocos interpretativos.




Si la madurez es aquello que constituye a un clásico universal, en el terreno de los estudios clásicos esa madurez debe entenderse como la construcción de las condiciones materiales que hagan posible el crecimiento de la disciplina hacia una comprensión más rigurosa, científica y humanista de la herencia grecorromana.



Incluso así, es posible admitir que existen condiciones materiales que favorecen un grado de maduración propicio para la gestación de obras capaces de reclamar esa universalidad. Algo semejante ocurrió en el Imperio romano bajo el mando de Augusto, cuyas circunstancias históricas y culturales hicieron posible que Virgilio compusiera la Eneida. Hecha esta puntualización, será precisamente la idea de madurez (ampliada y corregida respecto de la perspectiva de Eliot) aquello a lo que tendrían que aspirar los estudios clásicos en México.


Entonces, si la madurez es aquello que constituye a un clásico universal, en el terreno de los estudios clásicos esa madurez debe entenderse como la construcción de las condiciones materiales que hagan posible el crecimiento de la disciplina hacia una comprensión más rigurosa, científica y humanista de la herencia grecorromana, sin que ello suponga renunciar al goce estético de la literatura antigua.


Transformar dichas condiciones depende de que el clasicista asuma un papel activo en los procesos de cambio, comenzando por un ejercicio sostenido de autocrítica y reflexión. Como advierte el Colectivo Posclasicismos, existe una agentividad (agency) acompañada de una responsabilidad ética e intelectual frente a la disciplina (pp. 105–135). Esa responsabilidad parte del reconocimiento de que, en tanto lector e intérprete, el clasicista es también un sujeto histórico, atravesado por las necesidades de su tiempo.


En este horizonte, los clásicos importan —e importarán— en la medida en que puedan transmitirse y circular en un lenguaje claro, sin por ello diluirse ni acomodarse al gusto de los momentos, ya sea con fines filológicos, pedagógicos, políticos, históricos, literarios, filosóficos o poéticos, según lo demanden cada contexto y cada autor.


Por consiguiente, se vuelve necesario someter a la disciplina y a quienes la ejercen a un escrutinio que parta de la materialidad en todas sus dimensiones. En tiempos en que guardianes del conocimiento gramatical del griego antiguo y del latín conviven con entusiastas (sobre)intérpretes que aseguran encontrar los orígenes de la Teoría Queer en un verso fragmentario de Safo, resulta imprescindible analizar con calma cuáles son las necesidades reales de la disciplina, cómo se vincula con el mundo presente y de qué manera puede contribuir a la construcción de un horizonte futuro.


Del mismo modo, es fundamental reconocer que, al menos en México, las herramientas para la labor filológica —empezando por el acceso mismo a los textos susceptibles de edición— son limitadas, aunque no por ello estén desprovistas de aportes ni de creatividad. Asumir tal estado de las cosas constituye el primer paso para apostar por la madurez de los estudios clásicos.


En un segundo momento, se subraya la necesidad de mantener la calma frente al vertiginoso ajetreo de nuestro tiempo: avanzar despacio, concederse el tiempo necesario y evitar la precipitación de los resultados. Friedrich Nietzsche lo formuló con nitidez al señalar que el filólogo debe leer y escribir lentamente. Tal actitud no supone caer en un trance místico ante el texto, sino brindarle el cuidado indispensable para que pueda revelar el conocimiento “oculto” entre sus propias capas y aquellas depositadas por sus intérpretes del pasado.



La Ilíada y la Odisea existían antes de que Europa fuera siquiera un concepto, y la obra homérica no se extinguirá con el declive del “viejo” continente. En ello se manifiesta la universalidad de un clásico: su pertenencia a cualquiera que pueda y quiera acceder a él.



En este sentido, todo texto clásico es, en alguna medida, polifónico y reclama tiempo y atención. Esta exigencia, sin embargo, choca con el régimen de productividad que hoy imponen universidades e institutos. Si no conseguimos desactivar esa tensión —que no es sólo local, sino también internacional—, corremos el riesgo de recluir la disciplina en una forma de irrelevancia confundida con exclusividad. Aprender a resistir esa velocidad, en cambio, constituye una condición indispensable para alcanzar la madurez que los estudios clásicos requieren.


Aunado a lo anterior, no es exagerado afirmar que Europa (supuesta cuna cultural de Occidente y de los clásicos) atraviesa una crisis profunda y que la hegemonía que sostuvo durante los últimos siglos difícilmente permanecerá intacta ante los cambios convulsos del mundo. Sin embargo, ello no implica que el viejo barco deba hundirse con todos los tesoros que resguarda. La Ilíada y la Odisea existían antes de que Europa fuera siquiera un concepto, y la obra homérica no se extinguirá con el declive del “viejo” continente. En ello se manifiesta la universalidad de un clásico: su pertenencia a cualquiera que pueda y quiera acceder a él. Allí se encuentra otra de las tareas centrales del clasicista contemporáneo: no intentar sofocar con lamentaciones el incendio de la Biblioteca de Alejandría, sino vaciar los estantes y poner a salvo los pergaminos, trasladándolos fuera de las ruinas.




POSCLASICISMOS, Collage, E. (2026)




En suma, si se quiere transformar la disciplina es necesario partir de sus condiciones materiales, lo que implica conceder a los estudios clásicos el tiempo que requieren, incluso cuando esta decisión choque con la frenética exigencia de productividad académica. También supone conservar y transmitir sin que esto derive en una actitud conservadora ni en la adopción acrítica de tendencias. Sólo así nuestro clasicismo podrá alcanzar la madurez mínima necesaria para seguir existiendo y tener valor: una madurez y un valor que los propios clásicos ya poseen.


No obstante, lo anterior no pretende plantear una disyuntiva entre clasicismo o barbarie, pues bastante violencia ha producido ya su interpretación sesgada y malintencionada a lo largo del siglo XX. Se trata, más bien, de volver a las preguntas iniciales acerca del sentido de estudiar la Antigüedad clásica y de ofrecer respuestas que vayan más allá de cualquier forma de apego sentimental o de autocomplacencia académica.


Una respuesta puede ser, en parte, pragmática, pero también ha de estar atravesada por el amor al mundo clásico: su valor y su sentido residen en no dejar de mirar y comprender las bellas marcas de edad, las huellas e incluso las heridas que el tiempo imprime en el rostro de la humanidad. De ello depende que los estudios clásicos no se desvanezcan, sino que continúen vivos, en la medida en que se les trate con calurosa seriedad.




BIBLIOGRAFÍA


  • Eliot, T. S. (2013). Los clásicos y el talento individual. Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México.

  • Colectivo Posclasicismos. (2023). Posclasicismos. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.




Erick G. Ramos, coordinador general del Centro de Documentación y Difusión de Filosofía Crítica (CDyDFC) y editor de la Revista Filos Crítica. Clasicista y bibliotecólogo de formación académica.







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