RIGHT WING RIFF
- Erick G. Ramos

- hace 12 horas
- 13 Min. de lectura
Metal y extrema derecha

CENIZAS, Collage, E. (2026)
¿Cómo oír música, no importa qué música,
sin obedecerle?
¿Cómo oír música desde afuera
de la música?
Pascal Quignard
Hoy circulan imaginarios de extremaderecha en diversos nichos musicales, y el metal es uno de los espacios donde estas sensibilidades hallan expresión y legitimidad.
En El odio a la música, Pascal Quignard afirma que “entre todas las artes, sólo la música colaboró con el exterminio de los judíos” (p. 193), al integrarse en la organización de los campos de concentración. Difícilmente exista en la modernidad otra expresión artística que despierte un fervor de masas comparable; sin embargo, como toda forma de arte, la música no está exenta de politización, sea hacia la izquierda o hacia la derecha.
En siglos pasados, compositores como Franz Schubert, Richard Wagner y Johannes Brahms fueron luego apropiados por el nazismo para acompañar la violencia y la guerra, aunque sus obras no nacieron bajo ese programa. El presente, en cambio, ofrece un escenario distinto: hoy circulan imaginarios de extremaderecha en diversos nichos musicales, y el metal es uno de los espacios donde estas sensibilidades hallan expresión y legitimidad. Propongo, entonces, trazar una breve, pero incisiva radiografía de los vínculos entre ciertos subgéneros y bandas del metal y las ideologías de extrema derecha, con el fin de desentrañar el fenómeno en toda su complejidad y comprenderlo más allá del mero juicio de valor.
Run To The Hills
Si bien no existe consenso sobre cuál fue la primera banda de metal, su origen suele situarse en una constelación que va de Coven, como prototipo, a Led Zeppelin, como arquitectos de sus bases, y Black Sabbath, como punto de cristalización, entre finales de los sesenta y mediados de los setenta.
Desde sus inicios, el género se distinguió por una ruptura sonora evidente incluso frente al rock más mainstream: distorsión prominente, riffs insistentes, mayor densidad rítmica y un registro vocal que iba de lo agudo melódico a lo rasgado, hasta desembocar en técnicas extremas como el gutural.
Consolidó también una imaginería oscura, centrada en el terror, el ocultismo, el paganismo, el satanismo, la guerra y la violencia, lo que alimentó campañas de sospecha por parte de sectores religiosos y conservadores, con una intensidad particular. Pocos territorios del rock han mostrado, además, una capacidad de mutación semejante: el metal se fragmentó en múltiples subgéneros y cruces estilísticos, como thrash, power, industrial, folk, sinfónico, doom, nu, death y black, entre otros.
Black Metal ist Krieg
El metal alcanzó gran popularidad entre jóvenes obreros blancos de Europa y Estados Unidos. Frente al pacifismo psicodélico del movimiento hippie, su potencia sonora y su estética áspera ofrecieron una respuesta más desafiante. En ese espacio, un público mayoritariamente masculino halló una forma de identificación donde se exaltaban atributos culturalmente asociados con la fuerza, la violencia, la disciplina y la rebeldía, junto con una iconografía obscura nutrida por el cine, la televisión, la literatura y los cómics.
El negro desplazó los colores de la contracultura; las guitarras evocaban ráfagas de ametralladora, los blast beats recordaban maquinaria o bombardeos, y las portadas, pobladas de zombies, demonios, cráneos y llamas, reforzaron una imaginería atravesada por la guerra y el caos.
En ese contexto, bandas como Motörhead, Judas Priest, Rainbow, Iron Maiden y Scorpions consolidaron un canon sonoro y visual que el thrash metal de Metallica, Slayer, Anthrax y Megadeth pronto llevó a un extremo más agresivo. El viraje estético fue evidente: el negro desplazó los colores de la contracultura; las guitarras evocaban ráfagas de ametralladora, los blast beats recordaban maquinaria o bombardeos, y las portadas, pobladas de zombies, demonios, cráneos y llamas, reforzaron una imaginería atravesada por la guerra y el caos.
Este énfasis belicista supuso un acercamiento indirecto a una estética afín a ciertos discursos de extrema derecha, aunque sin implicar necesariamente una adhesión doctrinal. En la mayoría de los casos predominó la provocación escénica y un gusto por lo extremo más cercano al fetichismo visual que a la militancia política.
De forma paralela, la crítica a las religiones hegemónicas, en especial al cristianismo, fortaleció el vínculo con jóvenes que percibían esos credos como opresivos. En una etapa inicial dominaron temáticas satanistas de carácter ficcional, influidas por la cultura popular y por el satanismo ateísta asociado a Anton LaVey, como puede observarse, por ejemplo, en el death metal de Deicide, Possessed, Venom, Kreator y Sodom, entre otras propuestas afines.
Cuando el género se consolidó en el norte de Europa, ese repertorio simbólico se entrelazó con el neopaganismo y el folclore local. Bandas como Celtic Frost, Bathory y Hellhammer fueron decisivas en esa transición que desembocó en la escena denominada True Norwegian Black Metal, de la cual emergerían grupos como Mayhem, Burzum, Emperor, Immortal y Darkthrone, entre otros. En ese entorno se adoptó una postura más combativa, aún teñida de teatralidad, en defensa de ideales anticristianos, neopaganos y nihilistas, acompañados de un culto explícito a la violencia. Algunos sectores comenzaron entonces a vincularse con ideologías supremacistas y nacionalistas, y ciertos músicos pasaron del gesto simbólico a hechos como la quema de iglesias y asesinatos motivados por el odio.
Con todo, ese desplazamiento ideológico seguía siendo fragmentario y carecía de una articulación política sistemática. Aunque figuras como Varg Vikernes, fundador y único miembro de Burzum, se declaraba nacionalsocialista, tal posición no siempre derivaba en un programa coherente. El caso más notorio fue el asesinato de Euronymous (Øystein Aarseth), líder de Mayhem, a manos de Vikernes. La confrontación supuestamente incluía diferencias ideológicas, pues mientras Vikernes se inclinaba hacia el nacionalsocialismo, Euronymous afirmaba simpatizar con el comunismo; sin embargo, estas posturas funcionaban sobre todo como signos de “radicalización” y disputa interna dentro de la escena, más que como compromisos políticos orgánicos.
A todo ello se añade la añoranza de lo bucólico y de un pasado concebido como heroico. Diversos subgéneros expresan el deseo de un retorno a la naturaleza que implica una crítica a la modernidad industrial, ya sea mediante la evocación de culturas paganas precristianas o la creación de universos épicos. Esta inclinación se manifiesta en el folk metal, el power metal, el death metal melódico y el viking metal, donde se integran sonoridades e instrumentos medievales, celtas o nórdicos, e incluso ritmos como la polka. Bandas como Skyclad, Finntroll, Rhapsody of Fire, Enslaved, Amon Amarth, Heilung, Equilibrium y Ex Deo constituyen ejemplos representativos de esa fusión entre épica, tradición e identidad cultural, sin agotar la amplitud del fenómeno.
En este ámbito, la obra de J. R. R. Tolkien es una referencia literaria significativa. Aunque fue un autor católico, sus mundos épicos y su crítica a la industrialización han influido en parte de la escena: nombres como Gorgoroth, Amon Amarth y Burzum remiten a su mitología. Esta concepción idealizada del vínculo entre ser humano y naturaleza se acentúa aún más en vertientes como el blackgaze o post black metal y el avant garde metal, en proyectos como Alcest y Agalloch, que constituyen también ejemplos de esta sensibilidad dentro de un espectro más amplio.
El national socialist black metal (NSBM) es un subgénero marginal, pero en creciente expansión, del metal que no se define tanto por rasgos sonoros específicos como por sus temáticas y por su articulación como movimiento político dentro de la escena.
Recordemos que el fascismo se define, entre otras cosas, por el culto a la tradición y al mito, el militarismo, la legitimación de la violencia, la exaltación de la masculinidad y la juventud, y un nacionalismo exacerbado; cuando ciertas vertientes del heavy metal radicalizaron su estética y sus discursos, e incorporaron de forma cada vez más explícita elementos como la escenificación belicista, la reivindicación de valores “masculinos”, la apropiación de símbolos totalitarios europeos, el recurso al satanismo y al neopaganismo articulados con pulsiones nacionalistas, así como el culto a un pasado heroico y el rechazo de la modernidad industrial, el género fue asimilando rasgos que lo acercaron simbólicamente a esta ideología. En ese proceso se consolidaron expresiones y movimientos abiertamente vinculados con la extremaderecha, que encontraron en este género no sólo una sintonía estética, sino también un eficaz instrumento de articulación identitaria y de propaganda.

NSBM, Collage, E. (2026)
Storm over Azov
El national socialist black metal (NSBM) es un subgénero marginal, pero en creciente expansión, del metal que no se define tanto por rasgos sonoros específicos como por sus temáticas y por su articulación como movimiento político dentro de la escena. Retoma elementos presentes en otras vertientes, como el satanismo de matriz neopagana y nacionalista del black y el folk metal, la exaltación de la misantropía y el nihilismo, o el culto a la violencia bélica propio del war black metal, y los reconfigura bajo una orientación abiertamente propagandística de extrema derecha.
Durante años, numerosas bandas intentaron desmarcarse de este movimiento e incluso adoptaron posturas críticas, alegando que no buscaban politizar su música. Un caso ilustrativo es el de Marduk, cuyos integrantes han negado reiteradamente vínculos con el NSBM; sin embargo, parte de su producción y algunas declaraciones han sido señaladas por sus afinidades estéticas y temáticas, como en los álbumes Panzer Division Marduk o Viktoria, asociados a una simbología bélica y referencias al imaginario nacionalsocialista que han alimentado la controversia. Algo similar ocurre con la banda finlandesa Satanic Warmaster, cuya presentación fue cancelada en 2023 en la Ciudad de México debido a acusaciones de incitación al odio racial en sus contenidos.
No obstante, en las últimas décadas algunas bandas del NSBM han ganado notoriedad y salido parcialmente de la marginalidad. Sin alcanzar gran visibilidad mediática, sí han tenido presencia en coyunturas políticas y bélicas, como en la guerra ruso ucraniana, antecedida por el Euromaidán. En 2014, tras meses de protestas iniciadas a fines de 2013, fue destituido el presidente Viktor Yanukóvich, cercano al Kremlin, lo que reconfiguró la geopolítica regional y agudizó la tensión entre Rusia y Ucrania. En ese proceso participaron sectores nacionalistas de derecha, como Pravy Sektor y Svoboda, algunos de los cuales tendieron a radicalizarse y encontraron en la música, particularmente en ciertas bandas del NSBM, un instrumento eficaz de propaganda juvenil.
Una vez iniciada la invasión rusa a gran escala en 2022, estas facciones de extremaderecha intensificaron su participación en el frente de combate, principalmente a través de la Azov Brigade. Este cuerpo, surgido en 2014 como batallón de voluntarios en el conflicto del Donbás, fue integrado posteriormente a la Guardia Nacional de Ucrania y con el tiempo se consolidó como una unidad de alta capacidad operativa dentro de las fuerzas ucranianas.
Este escenario propició el respaldo, tanto propagandístico como mediante la incorporación de militantes en activo, de decenas de bandas vinculadas al NSBM en distintos países europeos, que encontraron en la guerra un nuevo eje de articulación y movilización ideológica. Un caso paradigmático es M8L8TH, irónicamente de origen ruso, fundada en 2002 y asociada a la organización fascista Wotan Jugend, una de las más activas y vocales en este posicionamiento. A ella se suman los alemanes de Absurd, los finlandeses de Goatmoon, los franceses de Peste Noire y los ucranianos de Burshtyn y Nokturnal Mortum, entre otras.
Eventos como el Asgardsrei Festival, realizado en Kiev, Ucrania, y el sello Militant Zone, que además opera un canal de YouTube y una página web desde los cuales difunden música y contenido de corte militarista a escala internacional —donde incluso pueden verse integrantes de bandas combatiendo en los frentes de guerra—, funcionan como medios de propaganda y financiamiento directo vinculados a la Azov Brigade. En este punto, la música deja de ser sólo un vehículo simbólico y asume una relación explícita y militante con una expresión política concreta.
Pero ¿qué vuelve atractivo a este subgénero hasta el punto de incitar a jóvenes, principalmente europeos, a militar en la extremaderecha e incluso a incorporarse a la lucha armada? Una respuesta simplista sostiene que la exaltación de estos ideales seduce a sujetos marginales y alienados que intentan reproducir imaginarios del nacionalsocialismo. No obstante, esta lectura, frecuente en ciertos análisis progresistas, reduce el fenómeno a una caricatura y, en lugar de explicarlo en su complejidad social, cultural y generacional, opta por ridiculizarlo o minimizarlo.
Donde algunos sólo quieren escuchar “agresividad y ruido”, otros pueden encontrar aquello que creen que la modernidad o la “posmodernidad” les han negado: la nostalgia por un pasado idílico y el sueño de construir un futuro alejado de “los vicios y las corrupciones” morales del presente; un “mundo mejor”.
Como ya vimos anteriormente, no se trata de un elemento aislado, sino de la suma de varios de ellos —nacionalismo, neopaganismo, culto a la masculinidad y a la guerra, etcétera— lo que genera un atractivo que trasciende lo performativo y lo estético, y toca una fibra sensible y olvidada en este siglo: el sentido de pertenencia y de comunidad. Pue si nos adentramos en el imaginario que rodea la música del NSBM, el hecho de pertenecer a una raza, una tribu, un país, una tropa, una “manada”, o de poseer una herencia (ya sea cultural o étnica) por la cual luchar, vivir y, por qué no, morir, constituye un primer acercamiento profundo.
Así, donde algunos sólo quieren escuchar “agresividad y ruido”, otros pueden encontrar aquello que creen que la modernidad o la “posmodernidad” les han negado: la nostalgia por un pasado idílico y el sueño de construir un futuro alejado de “los vicios y las corrupciones” morales del presente; un “mundo mejor”, distante del individualismo de una época en la que todo parece líquido y desdibujado.
En los cantos guturales y el sonido desgarrador del NSBM, la extremaderecha ha articulado una respuesta colectiva: völkisch. Este término puede entenderse como lo popular o, mejor dicho, populista; lo folclórico; la tierra y la sangre; aquello que busca lo “común” y, a la vez, excluyente, propio de la derecha radical alemana y europea. En este concepto habita la tradición, pero también la contradicción de los tiempos que corren en algunos países europeos.
A pesar de esto, ¿cómo bandas como Peste Noire, cuyo primer demo se titula Aryan Supremacy, pueden representar lo “völkisch” cuando en sus filas hubo músicos de origen no europeo y blanco, como Indra Saray —hoy bajista en vivo de Alcest; de hecho, casi todos los integrantes de esta última banda colaboraron en algún momento con Peste Noire—? La respuesta la ofrece Famine, líder del grupo, en su canción Turbofascisme: “0 % racista, 100 % identitario” (2006). Así, la extremaderecha demuestra también su capacidad para adaptarse a sus propias contradicciones y a la época; por ejemplo, mediante la formulación de un neofascismo “sin racismo” explícito que responda a un espíritu más contemporáneo.
Aunado a lo anterior, es importante señalar que el NSBM ha encontrado cabida en regiones fuera de Europa, donde ha adaptado sus elementos estéticos e ideológicos a contextos culturales y corrientes derechistas locales. Una muestra es México, donde esta vertiente ha adquirido una identidad propia al combinar el nacionalismo con una apropiación del folclore prehispánico. En este escenario figuran bandas como Kukulkan, Kommando Pagano, Teyaotlani y Sangre y Terror, auspiciadas y distribuidas (de manera clandestina) por sellos como Organización Nacional Socialista Pagana (O.N.S.P.) y Culto Solar Productions.
Otro punto a considerar es la notable mejora técnica y sonora que muchas bandas de NSBM han experimentado en los últimos años. En sus inicios, estas agrupaciones solían carecer de complejidad musical y técnica, y producían demos y discos con una calidad de grabación marcadamente amateur, incluso para los estándares del primer black metal. No obstante, esta situación ha cambiado con el paso del tiempo. Ya sea por el perfeccionamiento de sus músicos o por un mayor presupuesto proveniente de los sellos discográficos que las respaldan, lo cierto es que esta evolución ha favorecido un acercamiento a un público más amplio dentro de la escena. Ejemplo de ello son los trabajos más recientes de M8L8TH, como el sencillo Storm over Azov o el álbum Nekrokrator, los cuales, si bien mantienen las temáticas propias del NSBM, presentan una musicalización más accesible para un espectro mayor de oyentes.
Songs from Valhalla
Ante este panorama, más que limitarnos a una respuesta reactiva o meramente punitiva, como afirmar que “el silencio no es una opción; la información y la denuncia activa de estas ideologías de odio, sí” (Anónimo, 2023), resulta indispensable interrogar lo que este fenómeno pone en evidencia. En un mundo que ha erosionado casi todos los anclajes sólidos de pertenencia e identidad colectiva, la extrema derecha ha sabido reactivar y actualizar relatos capaces de ofrecer comunidad, épica y sentido a no pocas juventudes contemporáneas.
El NSBM, en convergencia con otros subgéneros del metal, ha contribuido a que decenas de jóvenes ucranianos, europeos e incluso latinoamericanos deriven hacia formas de militancia activa, llegando en algunos casos al campo de batalla.
Si la música, o un género y sus subgéneros, puede operar como un dispositivo propagandístico de notable eficacia para los nuevos neofascismos, lo mínimo sería no subestimar su alcance ni fingir sordera ante sus mensajes. Sus efectos, aunque todavía acotados, ya son visibles. El NSBM, en convergencia con otros subgéneros del metal, ha contribuido a que decenas de jóvenes ucranianos, europeos e incluso latinoamericanos deriven hacia formas de militancia activa, llegando en algunos casos al campo de batalla. En contraste, las propuestas musicales y estéticas asociadas a las izquierdas contemporáneas, pese a su mayor eco y masividad, parecen orbitar alrededor del individualismo, del victimismo, que no necesariamente se traduce en una búsqueda estructural de justicia, y de prácticas predominantemente simbólicas.

AZOVWAR, Collage, E. (2026)
En un escenario global marcado por una reconfiguración política cada vez más violenta, donde se abren nuevos frentes de guerra y conflicto casi a diario, la apuesta por construir “lugares seguros” y sostener la denuncia permanente desde nuestras propuestas culturales quizá no baste para articular una radicalidad transformadora. Puede convertirse, más bien, en un espacio de resguardo que amortigua el conflicto sin disputar de fondo sus condiciones.
El poder del arte, y en particular de la música, para exaltar y movilizar a las masas es innegable. Como advierte Quignard, “aquellos que aman la música más refinada y compleja y son capaces de llorar al escucharla” pueden ser “capaces al mismo tiempo de ferocidad” (1998, p. 214). Más aún, “La canción-señuelo permite disparar y matar” (p. 215).
La música no es moralmente neutra ni políticamente inocente; su intensidad puede activar tanto la compasión como la violencia. Esa potencia no puede, ni debería, quedar en manos exclusivas de un sólo extremo de la geometría política, y menos del más siniestro. Porque, nos guste o no, estos no son tiempos de paz, sino de disputa por el sentido, por la emoción y por la forma misma de lo colectivo.
BIBLIOGRAFÍA
Anónimo. (2023, 27 de abril). Música del odio: Una radiografía de la industria del rock nazi. Revista Común. https://revistacomun.com/blog/musica-del-odio-una-radiografia-de-la-industria-del-rock-nazi/
Cortés Morales, J. (2025, 4 de noviembre). La pulsión fascista del rock: Algunos comentarios sobre la estética del black metal. Ficción de la razón. https://ficciondelarazon.org/2025/11/04/julio-cortes-morales-la-pulsion-fascista-del-rock-algunos-comentarios-sobre-la-estetica-del-black-metal/
De Frente Internacional. (2023, 14 de febrero). Violeta: El NSBM, subgénero del black metal vinculado al Batallón Azov en Ucrania. Revista De Frente. https://www.revistadefrente.cl/violeta-el-nsbm-sub-genero-del-black-metal-vinculado-al-batallon-azov-en-ucrania/
El rock como músculo propagandístico del neonazismo mexicano. (2023, 24 de mayo). Revista Común. https://revistacomun.com/blog/el-rock-como-musculo-propagandistico-del-neonazismo-mexicano/
Elia, D. (2014, 18 de junio). Pravy Sektor: Birra e rivoluzione. Osservatorio Balcani e Caucaso Transeuropa. https://www.balcanicaucaso.org/cp_article/pravy-sektor-birra-e-rivoluzione/
Kuusela, T. (2015). Dark Lord of Gorgoroth: Black metal and the works of Tolkien. En C. van Zon & R. Vink (Eds.), Lembas Extra 2015: Unexplored aspects of Tolkien and Arda (pp. 89–119). Tolkien Genootschap Unquendor. https://www.academia.edu/9403942/Dark_Lord_of_Gorgoroth_Black_Metal_and_the_Works_of_Tolkien
M8L8TH. (2016). Storm over Azov [Sencillo].
M8L8TH. (2023). Nekrokrator [Álbum].
Militant Zone. (s. f.). Militant.zone. https://militant.zone/
Militant Zone. (s. f.). Religion in black metal. Militant Zone. https://militant.zone/religion-in-black-metal/
Morris, C. (2013). The New Romantics: Norwegian black metal and national identity [Tesis de maestría, University College London].
O’Neill, A. (2017). La historia del heavy metal. Titivillus.
Ordaz, A. (2023, 21 de abril). Bandas neonazis mexicanas adaptan discursos de odio con simbología prehispánica. La Jornada Maya. https://www.lajornadamaya.mx/nacional/213785/bandas-neonazis-mexicanas-adaptan-discursos-de-odio-con-simbologia-prehispanica/
Peste Noire. (2006). Turbofascisme [Canción]. En La Sanie des siècles – Panégyrique de la dégénérescence [Álbum].
Poewe, K., & Hexham, I. (2009). Los inicios modernistas völkisch del nacionalsocialismo: Su intrusión en la Iglesia y sus consecuencias antisemitas. Journal of Religious History, 33(4), 421–441. https://doi.org/10.1111/j.1749-8171.2009.00156.x
Quignard, P. (1998). El odio a la música. Editorial Andrés Bello.
Erick G. Ramos, coordinador general del Centro de Documentación y Difusión de Filosofía Crítica (CDyDFC) y editor de la Revista Filos Crítica. Clasicista y bibliotecólogo de formación académica.




Comentarios