BTS Y BAD BUNNY: ¿DEBEMOS HACER POLÍTICA CON EL POP?
- Cecilia Mendoza Ventura

- 13 may
- 10 min de lectura

BTS BB, Collage, E. (2026)
Nada de lo que estos grupos de jóvenes crearan o fuera significativo para ellos podría parecer valioso para la sociedad y el Estado que los discriminaban.
En la década de 1960, las pandillas de afrodescendientes y latinos gobernaban los barrios periféricos de Nueva York —el Bronx y Harlem, particularmente—. Éstas estaban desarrollando su propio estilo y sus códigos culturales, pues diferenciarse de otros grupos de la calle era fundamental.
Los pandilleros eran vistos por las autoridades estadounidenses y por el grueso de la sociedad como una escoria. Al final del día, se trataba de organizaciones de gente pobre, racializada y, en muchos casos, vinculada a la delincuencia juvenil. Nada de lo que estos grupos de jóvenes crearan o fuera significativo para ellos podría parecer valioso para la sociedad y el Estado que los discriminaban.
Sin embargo, en la misma época, el fenómeno de las pandillas estaba extendiéndose en otros puntos de Estados Unidos, como Chicago. Los pandilleros eran vecinos de otros interesantes personajes, como Fred Hampton, del movimiento Black Panther. Aunque no necesita presentación, vale la pena recordar que Black Panther fue un grupo político que encabezó una de las luchas comunistas y raciales más importantes del siglo XX. Fred Hampton, desde su perspectiva marxista-leninista, no redujo a los pandilleros a meros lúmpenes, sino que vio en ellos un enorme potencial revolucionario, pues éstos habían logrado hacer algo que los Black Panthers no habían conseguido con el mismo éxito: organizar a quienes tenían miedo y habían sido olvidados. Así, Hampton politizó a pandillas como los Blackstone Rangers, los Mau Maus y los Black Disciples (Chang, 2014).
Hampton fue asesinado por el FBI en 1969. Quizá el líder de los Black Panther no lo sabía, pero al interior de las pandillas se estaba cocinando un movimiento cultural que estallaría en la década de 1970: el hip-hop. Este movimiento era una combinación de cuatro elementos: el rap, el breakdance, el DJ y el graffiti; todos éstos asociados a la cultura de las pandillas. Así, desde sus inicios, este movimiento cultural pandillero estuvo íntimamente vinculado a la política, con ejemplos como los Ghetto Brothers que, asociados al Partido Socialista Puertorriqueño, utilizaron la música y la cultura para tratar de transformar a su comunidad (Chang, 2014).
Por su origen social, el hip-hop fue visto durante muchos años como un género menor, en el mejor de los casos, y como “ruido”, “depravación” o mera “apología de la delincuencia”, en el peor escenario. De cualquier modo, se trata de un género musical heredero de una serie de ritmos musicales caribeños, particularmente de la tradición de los DJs de sound systems en Jamaica. Estos DJs, que fueron los principales responsables de haber llevado esta forma de entretenimiento a Nueva York en calidad de migrantes, en Jamaica se dedicaban a mezclar música para entretener a la gente y ser elegidos por el público. Con una base simple y repetitiva, conocida como sample (muestra, en español), los DJs fomentaban un ambiente de fiesta en el que los raperos —es decir, cualquier joven con habilidad para rimar— se dedicaban a improvisar. Ahí nacieron las famosas batallas de rap, acompañadas de un tipo de baile conocido como breakdance, que involucraba el movimiento violento de las manos, como si se estuviera peleando con el contrincante, pues los jóvenes del barrio empezaron a utilizar el canto y la danza como una alternativa a las peleas callejeras. Lo que parecía un género “simple” y “poco profundo” para el grueso de la sociedad estadounidense era, en realidad, un complejo entramado de significado.
La cultura, ya sea marginal o hegemónica, cumple funciones fundamentales para la política y las disputas por el poder: genera identidad, cohesión, simbolismos y, sobre todo, significado.
Años después, amplios sectores del mundo del hip-hop siguieron asociados a la política y la militancia, por lo que consolidaron una línea de música de protesta. ¿Qué hubiera pasado si Fred Hampton hubiera menospreciado el significado de la cultura pandillera de los jóvenes de su barrio? ¿Qué hubiera pasado si los Black Panthers sólo hubieran visto en los jóvenes de su contexto a unos “delincuentes” a los que “sólo les interesaba la fiesta y la mala vida”? Porque, en buena medida, eso era verdad. Probablemente los Black Panthers habrían triunfado en muchos aspectos de su agenda política, pero no habrían logrado involucrar a los jóvenes (una población amplia y entusiasta) en la política de su comunidad. Probablemente el rap no tendría la misma tradición de protesta social que tiene ahora y no sabemos cuál habría sido el alcance de un género musical que ha significado tanto para miles de jóvenes marginados en todo el mundo.
La cultura, ya sea marginal o hegemónica, cumple funciones fundamentales para la política y las disputas por el poder: genera identidad, cohesión, simbolismos y, sobre todo, significado. En esa línea de ideas, todo proyecto político implica necesariamente un proyecto cultural. La realidad, empero, es que los políticos no suelen ser grandes artistas y que la cultura es un fenómeno tan vivo y dinámico que es difícil seguirle el paso a sus transformaciones.
Este largo preámbulo me lleva a desarrollar un debate que se suscitó en febrero de 2026 con dos fenómenos de la cultura pop: la organización de fanáticas del grupo surcoreano BTS en contra del sistema de reventas y la aparición de Bad Bunny en el show de medio tiempo del Super Bowl. Para resumir ambos casos, en cuanto a las fanáticas de BTS, el problema empezó cuando la boy band (quizá la más exitosa del mundo en este momento) anunció su tour por México. Las autodenominadas “Armys”, a sabiendas del funcionamiento del monopolio de boletos de empresas como Ocesa, Ticketmaster y el sistema de reventas, presionaron inmediatamente a la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) para intervenir en la compra de los boletos con el fin de que ésta fuera justa. Las fanáticas exigían precios claros y regulación ante el sistema de reventas.

NWABP, Collage, E. (2026)
La movilización llegó hasta la presidenta Claudia Sheinbaum, que en una conferencia anunció que se comunicaría con el primer ministro de Corea del Sur para solicitarle que el grupo de K-pop abriera más fechas. Sin embargo, cuando la venta de boletos inició, a pesar de una serie de filtros precautorios que se impusieron para los revendedores, se hizo realidad la pesadilla de cualquier fan: los precios eran mucho más elevados de lo anunciado, las entradas se acabaron inmediatamente y, a los pocos minutos de que empezara la venta en línea, ya había revendedores anunciando boletos hasta al triple del precio original.
El enojo de las fans de BTS se mantuvo a pesar del guiño que les hizo Claudia Sheinbaum solicitando más fechas por la vía diplomática, pues su demanda era clara: las Armys no pidieron más fechas, sino la garantía de sus derechos como consumidoras y la competencia leal en el mercado que, evidentemente, no se regula sólo ni juega dentro de sus propias reglas. De este modo, una comunidad de mujeres jóvenes organizada en torno a un fenómeno musical pop logró evidenciar la operación de una red de corrupción encabezada por grandes empresas, ante lo que la Procuraduría Federal del Consumidor no tuvo más remedio que iniciar un procedimiento contra Ticketmaster y sancionar a páginas de reventa como StubHub y Viagogo.
De manera más reciente, el pasado 6 de mayo, Claudia Sheinbaum invitó a los integrantes de BTS a hacer una aparición pública en Palacio Nacional. El mensaje político fue bastante claro: la presidenta de México, más allá de si debemos enmarcarla en la izquierda o la derecha, supo entender con mucha claridad el papel que juega el grupo musical para las mujeres jóvenes mexicanas. Las acciones realizadas por la presidenta respecto a la banda de K-pop, desde dedicarles tiempo en sus conferencias públicas hasta citarlos en el recinto oficial de la Presidencia, le dieron a BTS una importancia ya no sólo cultural, sino también diplomática y propagandística.
El debate en torno a la presentación de Bad Bunny se politizó rápidamente, pues su mensaje era, a su vez, político.
El uso político de BTS me lleva al segundo suceso: la aparición de Bad Bunny en el Super Bowl 2026, uno de los eventos comerciales y políticos más relevantes de Estados Unidos. Bad Bunny se presentó a propósito de su disco más reciente, Debí tirar más fotos. El proyecto musical, desde géneros urbanos, retoma ritmos y temas asociados a la identidad boricua, en un claro acto de reivindicación de la autonomía y la independencia de Puerto Rico. El performance del Super Bowl estuvo acompañado de diferentes mensajes, explícitos e implícitos, que reivindicaban la identidad latinoamericana en un contexto de persecución contra los migrantes y en medio de la radicalización de Estados Unidos hacia la extrema derecha.
El debate en torno a la presentación de Bad Bunny se politizó rápidamente, pues su mensaje era, a su vez, político. Hay quienes calificaron el show como disruptivo y revolucionario, mientras que muchas otras personas lo calificaron de hipócrita y de tener fines únicamente de marketing. Hubo opiniones que consideraban necesario el mensaje que el cantante boricua dio a nivel mediático, mientras que muchas otras personas lo consideraron insuficiente e incluso contraproducente. En el fondo, el meollo del debate parecía ser: ¿puede Bad Bunny ser reivindicado como algo antisistémico?
Estos debates no son tan nuevos. La cultura pop y la línea delgada entre representar al sistema dominante y cuestionarlo siempre han existido. Esto responde a que las derechas y los Estados poderosos, como Estados Unidos, llevan décadas creando aparatos culturales efectivos: desde Hollywood hasta la gran industria musical que albergan y exportan al mundo, han logrado influenciar las conciencias a nivel global.
Pero las derechas no sólo han sido grandes artífices de la cultura con fines políticos, sino que han sido expertas en instrumentalizar, cooptar y aprovechar los nichos culturales populares, aunque el producto cooptado no sea necesariamente un ejemplo fiel de sus principios. Por ejemplo, entre los años setenta y ochenta, los movimientos contraculturales, como los encabezados por los punks, empezaron a tener una enorme relevancia por sus posturas políticas. Los punks tuvieron un papel importante en Estados Unidos e Inglaterra al manifestarse contra el estancamiento económico, la monarquía y los valores obsoletos del capitalismo. Incluso reivindicaron ideas del anarquismo como parte de su movimiento.
Sin embargo, a pesar de la asociación casi indiscutible de los punks con la izquierda y el antifascismo, diferentes grupos de extrema derecha vieron en éstos una herramienta política y reencauzaron la fuerza que tenían. El movimiento punk logró ser instrumentalizado por grupos supremacistas blancos como el National Front y el British Movement en Gran Bretaña, y la absorción tuvo tal éxito que, para los años noventa, el estilo skinhead, antes asociado a la contracultura originaria de la clase obrera contestataria, estuvo cada vez más asociado a grupos neonazis.
El ejemplo de los punks y de la industria diseñada por el capitalismo estadounidense con Hollywood y otros aparatos culturales lleva a la siguiente pregunta: ¿por qué las izquierdas están desaprovechando la estrategia de negociar y politizar los movimientos culturales de masas?
Si las izquierdas buscan la llegada de un movimiento cultural popular fuera de los valores y estructuras capitalistas (si es que existe), probablemente el movimiento que encuentren no sea tan popular como piensan.
En los últimos años, con el auge de las Nuevas Izquierdas y los debates influenciados por las redes sociales y la cultura de la cancelación, las izquierdas parecen haber adoptado una suerte de puritanismo que vigila, regaña y excluye a todo aquél que se encuentre fuera del nuevo canon moral, cuyos requisitos, por cierto, cada vez son más extensos.
El problema de este puritanismo, trasladado al plano de la cultura, radica en dos cosas. La primera es que la cultura, como producto social, nunca será perfecta ni estará libre de los males o contradicciones de nuestros contextos. La segunda es que, si las izquierdas buscan la llegada de un movimiento cultural popular fuera de los valores y estructuras capitalistas (si es que existe), probablemente el movimiento que encuentren no sea tan popular como piensan.
Dicho de otro modo, mientras la izquierda sigue buscando referentes casi perfectos (o que, cuando menos, cumplan con varios de los valores que reivindican), otros grupos políticos estarán dispuestos a apropiarse de los movimientos culturales por su fuerza de movilización y no necesariamente por su contenido, porque saben que es posible reencauzarlo. BTS, Bad Bunny y otros fenómenos de éxito, como los corridos tumbados, los afrobeats o la cultura del anime, existen y existirán independientemente de Donald Trump, Claudia Sheinbaum, las organizaciones socialistas o los grupos neonazis. Sin embargo, la decisión de aprovechar esos nichos y politizar esas comunidades de sentido radica en los grupos políticos.

LIVERVLTN, Collage, E. (2026)
Las izquierdas pueden seguir manteniendo la postura idealista —aunque nada práctica ni vinculada a la realidad— de que su línea cultural debe estar libre de la contaminación de contradicciones y acciones cuestionables. Mientras tanto, sus símbolos culturales se han vuelto tan obsoletos y reducidos que prácticamente pertenecen al imaginario de una minoría que sólo se entiende entre sí. Si bien mi intención no es menospreciar de ninguna manera a los símbolos de la música de protesta, como Silvio Rodríguez, Víctor Jara, Violeta Parra y quizá algún rapero o rapera con conciencia social, es necesario que las izquierdas se pregunten si estamos perdiendo la batalla cultural por falta de alternativas o por nuestros propios prejuicios.
Las Armys y el efecto Bad Bunny no son revolucionarios por sí mismos, pero tienen el potencial de serlo. Quizá hablar de revoluciones es exagerado, pero, cuando menos, existe potencial político en las juventudes entusiastas y motivadas por encontrar un sentido en el mundo. Lo que puede empezar como una organización por mero entretenimiento, fiesta y gozo puede transformarse también en un motor de militancia, protesta y formación, pero alguien tiene que tomar las riendas de esa tarea y las izquierdas, lamentablemente, están llegando muy tarde a la discusión.
Todo lo anterior no es una tarea fácil: aunque las izquierdas busquen ser un movimiento de masas, necesitan reconocer que no están conectando con ellas. Deben entender a los movimientos culturales de gran alcance más allá de sus filias y fobias y acercarse a sus miembros y exponentes con respeto y disposición de aprender. Pocos grupos sociales tienen tantas necesidades como ideas para resolverlas como las juventudes.
Mientras tanto, la derecha y los partidos políticos en el poder seguirán aprovechando los nichos que les parezcan útiles. Las extremas derechas han tenido grandes victorias al crear comunidades de jóvenes en línea, como los incels o los red pill, y el conservadurismo tiene la hegemonía de la opinión pública mediante influencers, cantantes, actores y empresarios. Quizá Bad Bunny, BTS y otros fenómenos operen dentro del sistema, pero ¿sabremos aprovechar las grietas que claramente abrieron?
BIBLIOGRAFÍA
Chang, J. (2014). Generación Hip-Hop. De la guerra de pandillas y el grafiti al Gangsta Rap. Caja Negra.
Heath, J., & Potter, A. (2005). Rebelarse vende. El negocio de la contracultura. Taurus.
Procuraduría Federal del Consumidor. (2026, 2 de febrero). Profeco inició procedimiento contra boletera y exhortó a plataformas de reventa por conciertos de BTS. Gobierno de México. Gobierno de México
Worley, M., & Copsey, N. (2016). White youth: The Far Right, punk and British youth culture. JOMEC Journal, 9, 27-47.
Cecilia Mendoza Ventura, historiadora por parte de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y diplomada en Estudios sobre África por parte del Programa Universitario de Estudios de Asia y África (PUEAA) de la UNAM. Actualmente es maestrante en el Centro de Estudios de Asia y África (especialidad África) del Colegio de México. Entre sus intereses y líneas de investigación principales se encuentran la historia política, la historia del continente africano y los fenómenos políticos relacionados con violencia, etnicidad, nacionalismo e identidad.




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